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OPINIÓN Coger las riendas de la Inteligencia Artificial, por Amparo Torres

Amparo Torres, senadora del PSOE por Albacete

La inteligencia artificial ya no es un concepto del futuro ni un debate reservado a expertos. Es una realidad que está transformando nuestra economía, el empleo, los servicios públicos y, de manera muy profunda, nuestra convivencia democrática.

Hoy, los algoritmos ya evalúan rendimientos, asignan tareas e influyen en despidos. Cuando estas decisiones se toman sin transparencia, la desigualdad se automatiza y la relación laboral se deshumaniza.

El acceso a los beneficios de la inteligencia artificial es hoy profundamente desigual. Mientras algunas grandes empresas avanzan rápidamente gracias a ella, muchas pymes carecen de recursos, conocimiento o seguridad jurídica para hacerlo. No podemos permitir una economía digital sólo para unos pocos.

La IA puede mejorar la calidad de nuestra sanidad pública, personalizar diagnósticos y tratamientos, acelerar la investigación y salvar vidas. Pero sin repositorios públicos de datos bien gobernados, ese potencial se pierde.

La inteligencia artificial debe ser una herramienta de inclusión. Tecnologías como la robótica asistencial o los sistemas inteligentes pueden mejorar el día a día de personas con discapacidad.

Y no podemos olvidar el impacto ambiental. La digitalización consume energía y recursos. Por eso tenemos que defender centros de datos eficientes, alimentados por renovables, y el uso de la IA para optimizar el consumo de agua, energía y recursos naturales. No hay transformación digital sin responsabilidad ambiental.

Como senadora del PSOE y ponente de la Ponencia de Estudio para evaluar la importancia de la inteligencia artificial en el uso de los datos y otros campos beneficiosos para la sociedad en el Senado, he tenido la oportunidad de participar durante más de un año en un trabajo parlamentario riguroso, constructivo y dialogante. Un trabajo que demuestra algo esencial en estos tiempos: que la buena política es posible cuando se elige priorizar el interés general y se asume la responsabilidad de gobernar los cambios.

La principal conclusión de esta ponencia es clara: la inteligencia artificial no es sólo un reto tecnológico. Es un desafío social, laboral, ético y democrático. Por eso defendemos un modelo que sitúa al ser humano en el centro, donde la

innovación avance de la mano de los derechos, la cohesión social, la inclusión y la sostenibilidad.

La pregunta no es si debemos avanzar, sino cómo lo hacemos y para quién. Porque la IA puede mejorar la sanidad pública, personalizar la educación, reforzar los servicios sociales o generar empleo de calidad. Pero también puede convertirse en una nueva fuente de desigualdad, precariedad y vulneración de derechos si se deja exclusivamente en manos de un mercado que hoy es dominado por cuatro tecno-oligarcas.

Cuando la tecnología se desarrolla sin límites, sin responsabilidad pública, las consecuencias son peligrosas. La proliferación de deepfakes, la desinformación masiva o la hipersexualización de contenidos generados por inteligencia artificial afectan de forma directa a la calidad democrática y, de manera especialmente grave, a las mujeres, a la infancia y la adolescencia.

No es casualidad que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, haya anunciado recientemente una medida tan necesaria como valiente: prohibir el acceso a las redes sociales a los menores de 16 años, así como reforzar el marco legal que obliga a las plataformas digitales a asumir su responsabilidad. Y esto, por mucho que algunos griten, por mucho que otros amenacen, no es censura, sino protección de nuestros derechos fundamentales, empezando por el derecho de niños y niñas a un desarrollo seguro, libre de violencia digital, adicciones y manipulación algorítmica.

Por eso, las nuevas medidas legales anunciadas por el Gobierno —mayores obligaciones de transparencia, sistemas efectivos de verificación de edad, sanciones reales ante incumplimientos y límites claros al uso de algoritmos opacos— son un paso imprescindible para recuperar el control, equilibrar la balanza entre el poder de las grandes plataformas y los derechos de la ciudadanía.

La desinformación tampoco es un fenómeno marginal. Hoy la tecnología permite fabricar discursos que nunca se pronunciaron, imágenes que nunca existieron y noticias diseñadas para engañar, polarizar y erosionar la confianza en las instituciones. Cuando la mentira no se distingue de la verdad, la democracia se debilita.

Frente a este desafío, la respuesta no puede ser únicamente tecnológica ni exclusivamente punitiva. Debe ser también educativa. Invertir en alfabetización mediática y digital es una política de defensa democrática. Significa formar ciudadanos y ciudadanas críticas, capaces de contrastar fuentes, identificar manipulaciones y ejercer su libertad con información veraz.

Europa tiene una ventaja única: un modelo que une innovación y derechos. Pero no podemos ser ingenuos, el contexto internacional es preocupante e incierto, y el modelo de convivencia y valores democráticos que nos hemos dado tiene muchos enemigos, externos sin duda, pero también internos. Regular no es frenar el progreso; es ordenarlo, hacerlo justo y ponerlo al servicio de la mayoría social. Esa es nuestra identidad y nuestra fortaleza. Esta es nuestra seguridad y nuestra protección.