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El Mercado de Carretas se queda huérfano

Este sábado 10 de octubre cierra la frutería de Pedro López y Julia Serrano después de casi 80 años de servicio al barrio

Por Juan Carrizo

Hace años que la llegada de las grandes superficies se tradujo en la muerte, lenta y dolorosa, del comercio local. Poco a poco hemos ido viendo como las tiendas de barrio iban desapareciendo al no poder competir con esos centros comerciales muchas veces deshumanizados e impersonales. Así se ha ido perdiendo la cercanía, la empatía y la amistad de los tenderos de barrio, que a fuerza de horas han sido los historiadores y relatores de Albacete. Cronistas del día a día de los vecinos, con sus alegrías y tristezas compartidas con quién sabe escuchar, como ha sido así en el caso que nos ocupa.

Por eso, que se pierda uno más de esos pequeños reductos que quedaban en el Mercado de Carretas, convertido prácticamente en un cementerio de elefantes en el que ya solo quedará un puesto de los siete u ocho que existían hace 20 años, es motivo de tristeza por un lado y de alegría por otro, pues todas las muestras de cariño que están recibiendo Pedro López Valero y Julia Serrano Castillo te tocan en la patata y nunca mejor dicho, porque ese era precisamente el apodo que tenía su padre, Pedro ‘Patata’, que heredó con orgullo y que es como le conocen en la Lonja.

Pedro y Julia se jubilan y echan el cierre a un negocio que lleva abierto desde hace casi 80 años, dos generaciones de albaceteños al servicio de un barrio, donde vender y comprar fruta se convertía para muchos en algo más, en un rato de conversación, en un momento de tertulia, ya fuera futbolística o política, en un momento de desahogo, en un momento de compartir o simplemente de encontrarse con los vecinos y vecinas del barrio. Absolutamente todos los niños del barrio han recibido alguna vez un plátano, que era la manera que tenía Pedro de agasajar a los pequeños que acompañaban a sus padres en el momento de la compra. Aunque ya tuvieran 20 años, Pedro les seguía regalando el plátano con todo el cariño del mundo.

En este momento de jubilación y cierre hay que contar toda la historia de lo que no es solo un simple puesto en un mercado. Es la historia de Albacete, de sus gentes, de sus barrios. Es la historia de como los albaceteños se buscaban la vida en la posguerra, con trabajo, dedicación y hasta un afán de servicio a los ciudadanos. Esta frutería que ahora echa el cierre se va con el buen sabor de boca de haber servido a los vecinos del barrio con amabilidad, empatía y, siempre, siempre, buen humor, hasta cuanto vinieron mal dadas por temas de salud que no vamos a remover, pero en los que no perdieron la sonrisa.

Pedro López Herrero y Josefina Valero trabajaban en el Sanatorio Antituberculoso Nuestra Señora de los Llanos, abierto en 1947, alejado del casco urbano y que estaba especializado para pacientes con tuberculosis durante la dura posguerra. Pedro era celador y Josefina ayudante del administrador del sanatorio. Allí se conocieron y surgió el amor.

El trabajo, hay que decirlo, era denigrante. Debido a las características del centro había muchos fallecimientos y un solo celador, Pedro López, que cuando no funcionaba el ascensor tenía, literalmente, que cargar con el finado al hombro para trasladarlo a la morgue. Aunque suene así de macabro, eso pasaba a finales de los años 40 en Albacete.

Pedro no aguantó más y decidió irse, Josefina se fue con él para emprender una nueva aventura que fuera, al menos, más gratificante. Se compraron una bicicleta, para lo que necesitaron ser avalados, así eran las cosas en ese 1950. Pedro cogía la bicicleta y se iba al Salobral, cargaba los sacos de patatas que podía y Josefina se colocó en los aledaños del Mercado de Carretas a vender patatas, con una lata de lumbre cuando venía el frío. De ahí surgió el apodo de Pedro ‘Patata’. Entonces no había centros comerciales y solo alguna tienda de ultramarinos.

Con el tiempo y varios crudos inviernos que había que soportar a la intemperie, ahorraron lo suficiente para coger un puesto dentro del Mercado, que obviamente no era como es ahora. El Mercado tenía dos partes, una para frutas, verduras y polivalencias y otra para carnes y pescados, donde por cierto estaba mi tía-abuela María con una carnicería y su hija, que fue mi madrina.

Aquello ya pasó sobre 1958. Eran tiempos duros, unos días se vendía, otros no, pero al menos ya no sufría las nieves más habituales en el Albacete de la época, el frío o la lluvia. Aquel Mercado de Carretas lo proyectaron Julio Carrilero y Manuel Muñoz en 1925 y en 1927 se puso en marcha para ser el centro neurálgico del barrio, tan céntrico y, sin embargo, tan humilde como ha sido siempre. El nuevo edificio se construyó en 1981 y poco se ha hecho para revitalizarlo. Hace 20 años había dos fruterías, una carnicería, una pescadería, un puesto de quesos, otro de aceitunas. El mercado tenía vida.

Nuestro Pedro que ahora se jubila nació, literalmente, en el Mercado. Su madre se puso de parto mientras atendía a los clientes y se la llevaron a la matrona que vivía en la calle del Cid, doña Carmina. Era 1961 y en aquellos años se nacía en casa, en este caso la de la matrona. El pequeño Pedro se pasaba las mañanas metido en una caja de frutas, porque entonces no había bajas por maternidad, ni conciliación, ni reducción de jornada, ni guarderías donde dejarlo. El negocio tenía que salir adelante y era lo que había. Por ello, Pedro no tiene conciencia de cuando empezó a ayudar en la frutería, porque ya de zagal empezó a colocar fruta, dar bolsas o arreglar las lechugas. Los días libres y las vacaciones, en el colegio y luego en el instituto, eran para ayudar en la frutería. En aquellos años se hacían actividades deportivas los sábados por la mañana, pero Pedro tenía que ayudar en la frutería y no podía asistir. Ya en el instituto se iba con su padre a la Lonja para ayudar a cargar y luego se marchaba a clase. Cuando llegaba tarde, algunos profesores creían que se había dormido, pero es que venía de hincar el lomo durante un par de horas cargando la fruta en la Lonja y colocándola en el puesto. Al salir del instituto había que correr otra vez para el mercado, para ayudar a recoger. Es lo que tenían los negocios familiares en aquella época. “Ahora meterían a mi padre en la cárcel, pero entonces es lo que había”, recuerda Pedro.

Le tocó hacer la mili en el Ferrol y a la vuelta tenía su proyecto de vida preparado, fuera del mercado. Inquietudes que quedaron aparcadas porque se encontró a sus padres cansados, enfermos y todavía les faltaban algunos años para jubilarse. Pedro decidió hacerse cargo del negocio y quedarse en el Mercado hasta la jubilación de sus padres. Entonces surgió el amor. Julia Serrano era la hija de los fruteros que tenían el puesto justo al lado. Para Pedro “es lo mejor que me ha pasado en la vida” y reconoce que “Julia ha sido el motor, la emprendedora, la más trabajadora, ha sido el 99% del puesto durante todos estos años”. Cuando los padres de Julia se jubilaron decidieron unir los puestos y tener más espacio. Aquello fue sobre 1995, cuando Pedro se había ganado a base de trabajo dar servicio a muchos hosteleros. Para Pedro ha sido un orgullo que los mejores restaurantes de Albacete se abastecieran en su frutería. “Para ellos era más fácil que tener que ir a la lonja porque yo se lo servía, era selectivo para llevarles el mejor género y si había que volver porque faltaba algo, pues se echaba otro viaje”. Eso hizo que la frutería tirase para adelante. “No hay varitas mágicas, solo trabajo, dedicación, y así hemos podido darles una educación a mis hijos, de los que estamos muy orgullosos”. Alberto es médico de medicina interna en Valencia y Pablo es fisioterapeuta y ha montado su propio negocio el Albacete. Ambos, además, han sido grandes deportistas, Alberto en Judo y Pablo en natación. Es normal que sus padres estén orgullosos.

Ahora llega el momento de la jubilación, después de muchos años de trabajo, y de cerrar un negocio que ha sido mucho más que eso durante casi 80 años. “El que crea que un mercado es una transacción comercial y punto, no tiene ni idea. La gente pasa, te cuenta sus cosas, buenas y malas, se desahoga, comparte sus inquietudes. Para nosotros los clientes son amigos” y así ha quedado demostrado en estos días, donde ha venido hasta gente desde fuera de Albacete para despedirse, al enterarse de su jubilación. De todas formas no se van lejos, se quedarán en el barrio, pero ahora verán la vida desde el otro lado del mostrador y, a buen seguro, que lo echarán de menos.