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Belén Martínez, una enfermera albaceteña que lleva su vocación hasta Guinea Ecuatorial

Por Carlos Garrido

Veintitrés días de clases, talleres y vida compartida en los pueblos de Mebere y Oyala

A veces, las experiencias que marcan no tienen un origen grandioso. Basta una llamada, una conversación o una oportunidad inesperada para llevarte a otro continente. Eso fue lo que le ocurrió a Belén Martínez Pedregal, enfermera natural de la localidad albaceteña de Viveros, que este verano decidió embarcarse en un voluntariado en Guinea Ecuatorial junto a la Asociación Educaguinea.

Del 1 al 23 de agosto, Belén formó parte de un grupo de diez voluntarios, en su mayoría profesores, acompañados por cuatro integrantes de la propia asociación. Durante 23 días convivieron entre los pueblos de Oyala y Mebere, ambos en la provincia de Djibloho, una región donde la vida discurre a otro ritmo y donde la ayuda exterior se convierte en un refuerzo imprescindible para niños y familias.

Aulas improvisadas, profesiones por descubrir y un plato caliente al día

El objetivo principal del viaje era claro: dar clases. Reforzar conocimientos de lengua, matemáticas y otras materias a niños desde preescolar hasta sexto de primaria, además de jóvenes que allí cursan la ESBA, el equivalente a nuestra ESO. Pero la organización quiso ir un paso más allá aprovechando la variedad de perfiles profesionales del grupo.

“Como había ingenieros y enfermeras, nos propusieron hacer una formación para que los jóvenes de Mebere conocieran esas salidas profesionales”, explica Belén. Así, cada mañana, mientras parte del grupo se desplazaba a Oyala, ella y su compañera Tina, también enfermera, impartían una pequeña “FP sanitaria”. Les enseñaban a reconocer una parada cardiorrespiratoria, a poner en marcha la cadena de supervivencia (con ayuda de su muñeco de prácticas, al que llamaban cariñosamente Llanetes), a realizar la maniobra de Heimlich o a hacer curas básicas. También abordaron educación sexual, un ámbito aún cargado de silencios.

Por las tardes, la misión cambiaba de escenario: Belén y su compañero Luis se ponían frente a los niños de quinto y sexto de primaria para continuar con las clases de refuerzo.

El voluntariado no se limitó a los más pequeños. Otro grupo de voluntarias impulsó un taller de costura dirigido a las mujeres de Mebere, con la ayuda de un sastre local. Y hubo un gesto clave que marcó toda la estancia: garantizar una comida diaria para los niños que asistían a clase. “Era lo más importante”, recuerda Belén. “Al terminar las clases les dábamos una comida equilibrada preparada por las mujeres del pueblo”.

Hospitalidad, atardeceres y un río que casi se los traga

Cuando se le pregunta por la experiencia, Belén no duda: lo mejor fue la gente. “Me quedo con la hospitalidad de los ecuatoguineanos, que nos incluyeron en sus celebraciones y tradiciones desde el primer momento”. Recuerda con especial cariño a Crisanto, uno de los vecinos que “nos abrió las puertas de su país y de su casa”.

También habla del grupo de voluntarios, trece personas que no conocía antes del viaje y con las que terminó compartiendo jornadas intensas, cansancio, confidencias y recursos. “Muchas veces llegaban agotados a la residencia, pero aun así buscaban un hueco para ayudarnos a quienes no teníamos tantos medios para preparar las clases”.

De entre todos los recuerdos, hay dos escenas que no se le borran: los atardeceres “espectaculares” desde el río y una jornada de pesca que terminó dando más risas que resultados. “Nos hundimos en el lodo hasta las rodillas. No podíamos movernos. Y por supuesto, no pescamos nada”.

Un regreso pendiente y una frase que lo resume todo

Belén asegura que volvería “mañana mismo” a Guinea Ecuatorial. No descarta repetir pronto y, además, le gustaría participar en otro voluntariado ligado directamente a su profesión de enfermera.

Cuando intenta resumir lo que ha aprendido, menciona una frase que escuchó durante la estancia y que se ha convertido casi en un lema personal: “El río se llena de pequeños arroyos”.

Pequeñas acciones que allí tienen un impacto real: reforzar la lectura de un niño, enseñar una maniobra que puede salvar una vida o garantizar una comida diaria durante tres semanas. Como detalle simbólico de todo lo vivido, la muñeca Llanetes, la que usaban para enseñar la cadena de supervivencia, se quedó en Mebere. La planta de cardiología del Hospital de Albacete decidió donarla para que los jóvenes sigan practicando.

Belén regresó de Guinea Ecuatorial con la idea clara de que quiere repetir y con una palabra que escuchó a diario y que ahora resume la experiencia: “Akiba”, gracias en lengua fang.