Por su interés, reproducimos la carta remitida a esta redacción sobre la situación a la que recientemente tuvo que enfrentarse, en Albacete, la familia de una joven que fallecía con tan sólo 23 años:
Hay despedidas que no deberían escribirse nunca. Hay nombres que tendrían que seguir pronunciándose en presente, llenando la casa, la calle, los planes, la vida. Pero hoy nos vemos obligados a hablar en pasado de una joven de 23 años, vecina de Albacete, que tenía el mundo esperándola.
Le dolía una pierna. Nada más y nada menos que eso. Hacía deporte, era joven, parecía lógico pensar en una lesión muscular. Sin embargo, dos fisioterapeutas distintos advirtieron algo que les inquietó: la hinchazón, la tirantez de la piel, el dolor, la temperatura… “Podría ser un trombo”, dijeron, y recomendaron acudir al hospital.
Esa misma tarde fue a urgencias, acompañada de su madre. Explicó las advertencias previas. Recordó, además, que tomaba anticonceptivos, un factor de riesgo conocido. Pero el diagnóstico que se impuso fue otro. Se habló de rotura fibrilar. Se restó importancia. Se deslizó incluso una frase que aún hoy retumba en la memoria de su madre: “estos fisios son unos alarmistas”. Se marchó a casa con indicaciones de reposo relativo, de estirar, de aplicar frío y calor, convencida de que en unas semanas todo pasaría. No pasó. Días después, un tromboembolismo pulmonar provocó que se desplomara en mitad de la calle.
Los equipos de Urgencias y de UCI lucharon por ella con una profesionalidad y una entrega que merecen toda la gratitud del mundo. Pero ya era tarde. Tarde para la vida de una joven que acababa de graduarse en Filosofía en la Universidad de Valencia, su pasión, con un expediente brillante que hablaba de esfuerzo, talento y amor por el conocimiento. Tarde para la lectora incansable que siempre tenía un libro entre las manos. Para la joven que soñaba con enseñar, con escribir, con construir un futuro junto a su compañero al que amaba y que la amaba desde hacía cuatro años. Tarde para su alegría, su compromiso social, su defensa de lo público. Tarde para todo.
Queda la pregunta que nunca encontrará consuelo: ¿y si se hubiera mirado un poco más? ¿y si se hubiera hecho una simple ecografía? ¿y si se hubiera escuchado en este caso con la atención que merece quien acude a urgencias?
Varios médicos consultados después han dicho que los indicios eran claros y los sintomas fácilmente reconocibles, que era evitable.
A ella ya no podemos devolvérsela a sus padres, a su hermana, a su pareja, a su familia y a sus amigos. Pero sí podemos pedir algo en su nombre: que nadie olvide que el destino de una vida queda en manos de la mirada del profesional que tiene la responsabilidad de atenderla.
Porque en Urgencias trabajan equipos extraordinarios, que cada día obran milagros silenciosos con una entrega admirable. Lo hemos visto. Lo agradecemos. Pero también es cierto que basta un solo error, un momento de exceso de confianza, una decisión tomada sin la atención necesaria, para que un futuro entero desaparezca.
Se trata de recordar que quien ocupa ese lugar debe estar a la altura de lo que significa. Y que, si la rutina o cualquier otra circunstancia impiden ofrecer esa mirada cuidadosa que cada paciente merece, quizá sea honesto reconocerlo y por responsabilidad, cambiar de trabajo.
Si puede ser, que no vuelva a ocurrir.
Este mismo lunes habría cumplido 24 años. Dondequiera que estés, feliz cumpleaños. Gracias por la huella inmensa que has dejado. Se nos ha ido una gran persona. Te vamos a echar mucho de men
