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En el capítulo dedicado a la pena de muerte del ensayo de Manuel Martínez, “1978, La Constitución que pudo ser”, podemos leer un fragmento de la transcripción del Diario de Sesiones del Congreso, fechado el 6 de julio de 1978, donde el diputado Enrique Tierno Galván afirmaba en el plenario ”que quizás España fuese el último pueblo de Europa en el que sobrevivía la conciencia de la vida como una dimensión trágica. Pero ya no hay tragedia en España, hemos dejado de ser un pueblo trágico”.
Lo que nunca pudo suponer el viejo profesor, es que cuarenta años después de aquellas ilusionantes palabras cargadas de esperanza en un futuro mejor, la derecha española se empeñaría en desenterrar ese sentimiento trágico de entender la convivencia. Blanco o negro. Conmigo o contra mí. No hay otra opción, nos dicen y repiten, como si ese mantra fuese la única verdad posible.
Casado y Rivera llevaban tiempo compitiendo entre sí para saber quién se hacía con el primer puesto del ranking del españolismo patrio, hasta que un día, hizo su entrada por el sur Abascal a lomos de su caballo, amenazando con un discurso simplista, xenófobo, machista y populista, con desplazar a los otros dos candidatos de esa enconada lucha por la medalla de oro, por lo que a ese peculiar dúo dinámico del siglo XXI, no le quedó otra que redoblar esfuerzos, improperios, barbaridades, insultos y sandeces, con tal de no verse destronados. Y ahí siguen, añorando la conciencia trágica de entender nuestra convivencia.
De hecho, Casado, con su actitud irresponsable, alarmista, y sobreactuada, está haciendo progresista al mismísimo Rajoy, que tiene bemoles, porque cada vez que se mira al espejo, lo que ve reflejado en él es la figura del peor Aznar de las mayorías absolutistas.
Del Ciudadano Rivera nos podemos esperar cualquier cosa, es un tipo es capaz de decir lo mismo y lo contrario en la misma frase, y, además, sin inmutarse, que la cosa tiene su mérito. Lo siento, y pido perdón por ello, pero este hombre cada vez me recuerda más al Guardiola que meaba colonia y su boca era medida, y es que, en mi opinión, poco hay que fiarse de quien dijo venir para cambiar las cosas y lo único que hace, día sí y día también, es asegurarse de que nada cambie. Y de la tercera pata del banco en el que se asienta la derecha patria, permíteme querido lector, que no emplee ni una sola palabra en semejante personaje.
El caso es que este par de políticos tan sensatos y moderados ellos, dotados de un alto sentido del Estado, llevan tocando a arrebato desde que apareció en escena la figura del dichoso relator, y cogiendo el rábano por las hojas, inmediatamente convocaron a sus huestes el pasado domingo en Madrid, con el fin de mostrar su disconformidad con un Gobierno que trata de resolver el problema del independentismo desde la vía del diálogo y de la política, dejando en expectativa de destino a jueces, fiscales, magistrados y a la Guardia Civil. ¡Pero cómo se atreven a hablar, por Dios, qué cosas hay que escuchar! Dicen.
Y como no estaban dispuestos a que nadie les chafase la fiesta, que ya tenían contratados los autobuses y encargados los bocatas de tortilla, decidieron mantener la convocatoria, a pesar de que el Gobierno declaró rotas las conversaciones, tras la negativa del independentismo a aceptar las condiciones de diálogo pactadas, y, al parecer, cogidas con alfileres.
El motivo de la quedada quedó demostrado ser lo de menos, el caso era armar barullo, ocupar espacio en los telediarios, sacar a pasear las banderas rojigualdas como si fueran patrimonio particular de la derecha y, de paso, tapar el enésimo escándalo de corrupción y desvió de fondos del Partido Popular.
Tanto es así, que a primera hora del miércoles pasado, no resulta descabellado fabular, que en la madrileña Génova 13, se pudiera escuchar la siguiente conversación:
—Oye Pablo —dijo Teodoro —. Que la Guardia Civil nos acusa otra vez de habérnoslo llevado crudo paquí y pallá.
—No te preocupes —respondió Pablo—. El domingo, en vez de ir a misa de 12, montamos una manifestación en Madrid en contra del contador ese, hoy me hago el enfadado en Cuenca, suelto por mi boca todo lo que se me venga a la cabeza, lo mezclo todo con la ETA, con el aborto y las pensiones y con ese balamido dialéctico, ya verás como de la corrupción no se acuerda ni el Tato.
—Bravo Pablo —contestó Teodoro—. Pero recuerda que es relator, Contador es el ciclista, y sujeta a Paco Núñez, que se viene arriba en seguida.
Esto último parece ser que se le olvidó y el que va a seguir siendo líder de la oposición en Castilla-La Mancha, hizo, una vez más, el ridículo más espantoso, al acusar al Presidente Page de hacer todo lo contrario de lo que este había dicho que haría. ¿Sabes Paco por qué tenemos dos orejas y una boca?, para escuchar el doble de lo que hablamos, y no al revés.
Total, que sí Aznar se hizo medio famoso con la desdichada foto de las Azores, el domingo Abascal consiguió la anhelada foto de Colón, y por fin consiguió reunir, más arriba de Despeñaperros, a las tres derechas. Y así las vimos, juntitas y casi revueltas, pidiendo a gritos que el legítimo presidente del Gobierno deje de hacer concesiones al separatismo catalán y convoque elecciones a la voz de ya. Que por cierto, en la foto se puede leer sobre la cabeza de Rivera la palabra “capitulaciones”. ¿Casualidad, o el destino que estaba juguetón esa mañana?
Con tanto ruido de fondo y tanta sobreactuación, lo que no les he podido escuchar a ninguno de estos tres tenores, es a qué se refieren con eso de las concesiones, porque, salvo que yo no me haya enterado, hasta la fecha no ha habido ninguna. Vamos, con las armas de destrucción masiva. Y para los desmemoriados, quizás convenga recordar que Puigdemont se largó con viento fresco a comer gofres, mientras gobernaban Rajoy, Cospedal y Zoido.
Pero como no hay mal que cien años dure, siempre nos quedarán París, el Alba y una pizca de sensatez cuando vayamos a las urnas, y recuerda lo que dijo Rabindranath Tagore, que “la verdad no está de parte de quien grite más”, y el domingo, gritos hubo unos cuantos.
ANTONIO MARTÍNEZ