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OPINIÓN Nos creímos que ya nos tocaba, por Amparo Torres

Artículo de opinión de Amparo Torres Valencoso, VSG II y de Igualdad del PSOE de Albacete

171 años. Ese es el tiempo que tardaremos en alcanzar la igualdad entre mujeres y hombres. Honestamente, me parece mucho más que una advertencia: es un verdadero drama.

El último informe de ONU Mujeres y Naciones Unidas sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible deja un dato inquietante: ninguno de los indicadores del ODS 5, el dedicado a la igualdad de género está en camino de cumplirse en 2030. Ninguno.

Nos creímos que ya nos tocaba, pero de un tiempo a esta parte surge de manera recurrente, en las conversaciones que mantengo con compañeras, amigas, aliadas, conocidas, mujeres, en definitiva, una desasosegante sensación de “frenazo”.

Mujeres de distintas edades, trayectorias, ideologías, intereses personales o motivaciones profesionales coinciden en algo: estamos percibiendo un retroceso y el panorama actual amenaza con convertirse en una involución.

Esa sensación, la experiencia personal, se convierte en una alarma cuando contamos con el aval de los datos.

Las mujeres ocupamos el 27,2 % de los escaños parlamentarios en el mundo y el 35,5 % de los puestos en los gobiernos locales.

Además, seis de cada siete países siguen estando dirigidos por hombres. Y la desigualdad alcanza también a los espacios donde se administra la justicia y se interpretan nuestros derechos. De los 175 presidentes de tribunales supremos analizados por Naciones Unidas, 144 son hombres y solo 31 mujeres. Esta es la realidad. La paridad política sigue pareciendo, en demasiados lugares, un animal mitológico.

Pero hay algo más profundo en este informe. La cuestión ya no es solamente cuántas mujeres estamos presentes. La cuestión es cuánto poder tenemos para decidir.

Ocupar un espacio no significa tener poder. Y estar representadas no significa estar en condiciones de cambiar las reglas del juego.

La desigualdad no desaparece porque unas pocas mujeres consigan llegar a determinados lugares. No basta con que algunas puedan llegar

si no pueden influir, si no pueden remover las estructuras que aún nos subordinan.

Cuando las instituciones encargadas de promover la igualdad pierden capacidad de actuación, debemos preguntarnos también por qué. No es una cuestión ni menor ni neutra que el 32 % de los mecanismos nacionales de igualdad consultados por ONU Mujeres afirme haber sufrido una erosión de su poder institucional en los últimos dos años. No es casual que este retroceso se produzca en un contexto en el que gobiernos de derechas, condicionados por la ultraderecha, cuestionan las políticas de igualdad y recortan recursos.

A veces la estrategia ni siquiera es combatir el feminismo de frente, seguramente para evitar el ruido, para adormecer la contestación pública, sino que se dejan languidecer las acciones que contribuyen a una sociedad más justa e igualitaria hasta ser irrelevantes o morir.

Este último dato debería sonrojarnos y movilizarnos. Porque los derechos de las mujeres no se garantizan únicamente escribiéndolos en las leyes. Necesitamos instituciones que puedan hacerlos efectivos, presupuestos que permitan desarrollar políticas públicas, servicios que sostengan la autonomía de las mujeres y mecanismos de control capaces de exigir responsabilidades cuando nuestros derechos se vulneran.

Y necesitamos algo más: una sociedad que entienda que la igualdad no es una cuestión de mujeres, que nos interpela y nos beneficia en conjunto.

España ha avanzado. Y reconocerlo también forma parte de la responsabilidad política. En 2025, las mujeres representaban el 47,6 % de los órganos superiores y altos cargos de la Administración General del Estado y el 40 % de los consejos de administración de las empresas del IBEX-35.

Son avances importantes. Pero avanzar no significa haber llegado. Tampoco significa que sea suficiente.

Nos creímos que ya nos tocaba. Pero no. La igualdad no llega sola. Y quizá por eso conviene volver la mirada hacia quienes nos precedieron, como María Cambrils que dedicó buena parte de su vida a defender que las mujeres no debían aceptar como destino la desigualdad que les había tocado vivir. Reclamó derechos cuando hacerlo significaba enfrentarse a una sociedad que reservaba a las mujeres un papel secundario. Su vida nos recuerda algo que hoy no podemos olvidar:

ningún derecho nos ha sido regalado y ninguno se conservará si bajamos los brazos.

Somos más de la mitad de la humanidad: tomemos conciencia de nuestro poder transformador, ocupemos los espacios de decisión, pactemos entre nosotras y hagamos de la participación de las mujeres una fuerza para construir una sociedad más democrática, humana y justa.

Necesitamos, en definitiva, algo tan sencillo y tan revolucionario como esto: que el poder deje de tener sexo, porque sí, creemos que ¡ya nos toca!