Cuando se habla de la Transición española, los nombres que suelen aparecer son siempre los mismos. Sin embargo, la democracia no se construyó solo desde los grandes focos políticos, sino también desde territorios como Albacete y gracias a figuras que, sin buscar protagonismo, desempeñaron un papel decisivo. Entre ellas, merece ser recordada Juana Arce Molina, elegida senadora en las elecciones del 15 de junio de 1977, las primeras democráticas tras la dictadura franquista.
La senadora de UCD formó parte de las Cortes Constituyentes que sentaron las bases del sistema político actual. No se trata de un dato menor: hablamos de una de las seis mujeres que accedieron al Senado en aquel momento y una de las cuatro que lo hicieron por elección directa -las otras dos lo fueron por designación real-. Tras esa etapa constituyente, continuó su labor parlamentaria como diputada en la primera legislatura democrática.
Desde una perspectiva institucional, su papel se inscribe en una etapa clave: la construcción del nuevo marco democrático que culminaría en la Constitución Española de 1978. Participar en aquellas primeras legislaturas no era una tarea rutinaria, sino una responsabilidad histórica: dotar de estabilidad, normas y sentido a una democracia que apenas comenzaba a caminar.
Pero su compromiso político no se limitó a lo institucional. Juana Arce se posicionó en debates sociales de gran calado en aquel momento, defendiendo la legalización del divorcio, la planificación familiar y la despenalización de los anticonceptivos. Cuestiones que hoy pueden parecer asumidas, pero que entonces formaban parte del núcleo de la modernización social y de la ampliación de derechos en España.
Ese compromiso con lo público tuvo también una traducción directa en nuestra tierra. Entre sus actuaciones más destacadas se encuentra el impulso a la construcción de la Residencia de Ancianos “San Antón”, una infraestructura largamente demandada que se convirtió en un referente social para la atención a las personas mayores.
Más allá de su contribución política, hay una dimensión que no debe pasarse por alto: la simbólica. La presencia de mujeres como Juana Arce en las Cortes Constituyentes tuvo un valor que trasciende lo institucional. Representaba una ruptura con décadas de exclusión y una puerta abierta —todavía estrecha— hacia la igualdad efectiva entre mujeres y hombres.
Ahora, cuando la memoria corre el riesgo de simplificarse o diluirse, resulta necesario rescatar figuras como la suya. No por nostalgia, sino por justicia.
Porque entender de dónde venimos ayuda a valorar y defender lo que hemos conseguido y a identificar lo que aún queda por conquistar.
Reconocer a pioneras como Juana Arce Molina es esencial. Su trayectoria se integra en la historia política que nos ha conducido hasta el presente y otorga sentido a la labor que continuamos desempeñando en defensa de los valores democráticos.
Su ejemplo invita también a reivindicar el valor de la política en su mejor sentido. Frente al descrédito o la desafección, conviene recordar que fue precisamente la buena política —la que dialoga, acuerda y construye— la que permitió transformar una realidad de oscuridad y miseria para sentar las bases de una sociedad más justa durante la Transición Española.
Hoy su legado nos interpela, especialmente, a las mujeres. Reconocernos en trayectorias diversas —con distintos orígenes, ideologías y experiencias vitales— no es sólo un gesto simbólico, sino una necesidad política y social. También lo es visibilizar el espacio que las mujeres han ocupado en la historia y en la vida pública de esta provincia, para construir una memoria compartida que nos permita entendernos como parte de un mismo proceso colectivo que nos une e identifica.
Solo desde ese reconocimiento mutuo es posible tejer una genealogía femenina y feminista inclusiva, capaz de articular alianzas sólidas. Alianzas que, desde la pluralidad, trabajen por objetivos comunes: la igualdad real, la justicia social y el avance colectivo. Porque cuando las mujeres avanzamos, no lo hacemos solas; es la sociedad en su conjunto la que progresa.
La senadora Arce no solo fue una representante de Albacete en un momento crucial. Fue también parte de ese grupo reducido —y a menudo olvidado— de mujeres que contribuyeron a que la democracia española naciera con vocación de igualdad.
Por todo ello, su figura merece algo más que el recuerdo; merece reconocimiento público y permanente. Albacete, como ciudad y como comunidad, tiene la oportunidad —y la responsabilidad— de honrar su legado haciendo visible una historia que también nos pertenece.
Reconocer a Juana Arce Molina es, en el fondo, reconocernos también como sociedad en el camino recorrido hacia la democracia y la igualdad.
Amparo Torres Valencoso
Senadora del PSOE por Albacete
