Hace unas semanas planteé en la Comisión de Agricultura, Ganadería y Alimentación del Senado una iniciativa parlamentaria para reforzar la protección, la promoción y la competitividad del Azafrán de La Mancha con Denominación de Origen Protegida. En mi trabajo como ingeniera agrónoma y como castellano-manchega este cultivo siempre ha despertado mi interés. Me conecta con mis raíces, mi cultura y el orgullo de contar con una especia de calidad extraordinaria —la más valorada del mundo— entre los grandes activos del sector agroalimentario de nuestra región.
La moción era propositiva, amable, o como decimos a veces en el argot político: una moción «blanca». Sin embargo, el Partido Popular y Vox votaron en contra. Más allá del sentido del voto, que considero injustificable y poco inteligente, lo que realmente me desconcertó fue el tono del debate: bronco, descalificador e irrespetuoso. Y sí, lo diré sin pudor: destilaba misoginia.
A estas alturas de la XV Legislatura, me sigue resultando inasumible que el Senado, donde reside una parte esencial de la representación democrática de nuestro país, haya visto tan degradadas las formas y el fondo del debate parlamentario. La mayoría absoluta del Partido Popular ha convertido la Cámara Alta en el escenario de las frustraciones políticas de Alberto Núñez Feijóo.
Este clima que el PP ha impuesto en sede parlamentaria no es la causa de esta degradación de la conversación pública; es el reflejo de una estrategia política basada en la intolerancia que la derecha y la ultraderecha llevan años alimentando en cualquier espacio compartido.
Frente a ello, el Senado debería ser un espacio de diálogo útil, riguroso y transformador. Como cámara de representación territorial en pleno siglo XXI, su papel debe ser decisivo para fortalecer la cohesión de un país plural y diverso como España, entendiendo esa diversidad como una riqueza y una oportunidad para avanzar.
¿Puede utilizarse la cámara territorial para intereses distintos, o incluso contrarios, a la defensa de los territorios? ¿Podemos permitirnos, como democracia, que el debate político se pervierta hasta este extremo? El Partido Popular, abrazado a Vox, lo está haciendo. Y si algún día llegan a gobernar, lo que hemos visto durante esta legislatura en el Senado puede convertirse en la crónica de una muerte anunciada para los derechos de las mujeres, de la clase trabajadora, de las personas migrantes y, en definitiva, de quienes se encuentran en una situación de mayor vulnerabilidad. No olvidemos que cualquiera de nosotros lo seremos en algún momento de nuestra vida.
Vuelvo ahora al azafrán, casi como una metáfora de lo que está ocurriendo en el panorama político. A priori, no parecía razonable semejante nivel de ruido y beligerancia por una iniciativa de estas características. Y eso me llevó a una reflexión: lo que realmente les incomodaba no era el azafrán. No eran las oportunidades para el medio rural, ni el relevo generacional, ni la innovación del sector, ni la protección de un producto excepcional. Lo que les irritaba era que una mujer socialista pudiera disputarles el monopolio de la defensa de una identidad que creen exclusivamente suya.
La derecha en Castilla-La Mancha no puede venir a darnos lecciones ni a patrimonializar lo que pertenece a todos y todas. Hemos construido una identidad propia al mismo tiempo que consolidábamos nuestra democracia. Fuimos tierra de emigrantes, a otros países, buscamos un futuro mejor en otros territorios de España, como lo hicieron mis abuelos en Cataluña, y hoy somos tierra de acogida y prosperidad. Nos hemos esforzado mucho y, con determinación, nos incorporamos al ritmo de otras comunidades, hasta convertirnos en tierra de oportunidades, en referentes en políticas sociales y en avances legislativos, como la Ley para una Sociedad Libre de Violencia de Género.
Eso es lo que el Partido Popular no soporta. Eso es lo que Vox no tolera: que quienes defendemos los valores progresistas representemos una España que se parece mucho más a la realidad que la España uniforme y excluyente que ellos pretenden imponer.
Instalados en un clasismo rancio que ya ni siquiera disimulan, exhiben sin complejos su machismo y su racismo, cuestionan los derechos de las personas trabajadoras y amenazan con el desmantelamiento de los servicios públicos como principales señas de identidad de su proyecto político. Con esas credenciales pretenden dirigir un país que, sencillamente, les queda demasiado grande.
El PSOE lleva 147 años defendiendo la igualdad de oportunidades y la justicia social. Lo ha hecho en los momentos más difíciles de nuestra historia y lo seguirá haciendo porque es sin duda la mejor herramienta para que la sociedad española continúe avanzando.
Defendemos la paz y la convivencia, dentro y fuera de nuestras fronteras. Hemos contribuido a construir la identidad de una España urbana y rural, de interior y de costa; una España europeísta, moderna, referente en derechos civiles, políticas sociales e igualdad entre mujeres y hombres; comprometida con el medio ambiente y orgullosa de su cultura y de sus tradiciones. Una España acogedora, solidaria y profundamente humanista.
Esa es la España en la que creemos. Esa es la España que queremos seguir construyendo. Esa es nuestra identidad.
El azafrán es una flor efímera y delicada. Solo durante unos días al año muestra todo su esplendor, y para obtener unos pocos gramos de este “oro rojo” hacen falta miles de flores, mucho trabajo y muchas manos. También la democracia y la identidad se construyen así: con esfuerzo, con voluntad y entre todas y todos. Nunca desde el odio, nunca desde la exclusión.
