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Gol de Señor

La política es el arte de lo incierto, lo que nos lleva a un principio de incertidumbre política generalizada. (Edgar Morin)

Pues qué supone, la aparición de Vox en el parlamentarismo español -por ahora circunscrito a la franja andaluza-, sino la continuidad de una corriente europea de patada a seguir frente a lo políticamente correcto; pues qué es Vox, sino un acto reflejo a la moción de censura de Pedro Sánchez, esa acción política perversa per se, la más dañina que se recuerda de los últimos cuarenta años en España contra la Constitución del 78; Vox es el hijo displicente de Sánchez y Podemos, un joven elfo que les ha tomado la mano y el brazo, capaz de ofrecer un mundo alienado y sin autonomías, que suena utópico al ciudadano medio, ese contribuyente asfixiado por la carga fiscal y amenazado por el agotamiento de la caja única de las pensiones, que viene demandando -ya de lejos, y al albur de esa falsa solidaridad migratoria de telediario-, un cambio radical en el sistema, frente al desbordamiento de los servicios públicos básicos.

Viene a ser, la irrupción de Vox en Andalucía y por extensión en toda España, lo que el gol de Juan Señor a Malta, esto es, la reedición de algo ya visto en otros tantos lares, pero que estaba tardando, porque en España había un gobierno serio del Partido Popular hasta el mes de mayo pasado, un gobierno que con una mano nos sacaba de la crisis y con otra embridaba la unidad de España, sin atender a esas voces de un lado y de otro, que pedían muertos sobre la mesa. Es la misma corriente, la de Vox, la que aupó a Podemos a las instituciones desde las plazas públicas de los indignados del 15 de mayo de 2011. Muchos de estos antiguos indignados, lo están hoy doblemente, por ver que sus representantes políticos practican el nepotismo y predican la justicia social desde un chalé con artesonado rústico y puertas giratorias, mi casa es la tuya -que va a ser que no-, y han optado por esta otra pirueta electoral más novedosa en Europa.

O sea, que el voto al discurso más radical de la derecha no es voto rancio, ni de señores nostálgicos que añoran el antiguo Régimen. Como bien dijo el candidato de Podemos a Madrid, no hay cuatrocientos mil andaluces fascistas, de repente. No hay cuatrocientos mil octogenarios que hayan saltado la verja del Hogar del Jubilado -qué trabajazo para la diputada socialista de Balazote, por Dios- . Muy al contrario, nos encontramos con un nuevo escenario, el de un voto joven y transversal, que ha superado con sus lágrimas los rigores de la crisis más profunda, y que no se acostumbra al acoso y el derribo al escudo con el que nacieron; que se rebela ante la ausencia de valores constitucionales en el que han sido formado, y que teme el agotamiento de los recursos nacionales propios. Hay una nueva generación de españoles que venera la época dorada de ‘La Roja’, y que no soporta que escupan a su bandera.

El mundo es, pues, cambiante, y el voto resulta no ser de nadie, y lo sabe bien Susana Díaz que nunca hubiera podido imaginarse convertirse en el puching ball sobre el que descargar la ira de una moción de censura fraguada por su buen enemigo íntimo con la felonía del PNV y la corrupción separatista del tres per cent, o sea, lo más contrario que existe a la España de los balcones. No podía salir gratis al ambicioso de Pedro Sánchez la ciega estampa de ser presidente del Gobierno de España con 84 diputados, ni de arrastrar como arrastró por las alfombras del Hemiciclo a un hombre con sentido de Estado, templado, centrado, europeísta, inteligente, firme en la defensa de la unidad de España, y por qué no decirlo, prudente frente a los que pedían vencedores y vencidos (Felipe González: “El procés en los años 30 habría provocado mil muertos”); un presidente, Rajoy, que obró el milagro económico y social, a pesar de todo. ¿O es que ya no nos acordamos de cuando hasta celebrar las típicas cenas de Navidad estaba políticamente mal visto?

La sociedad fluye, nada permanece, y el voto vira a la derecha como síntoma reactivo al descuartizamiento de la Constitución y de la unidad nacional; los presidentes socialistas sobrevivientes a la caída de Susana, presentan cuadros de ansiedad y depresión, episodios espasmódicos de distanciamiento frente a un tal Pedro Sánchez al que dicen conocer tan sólo por su afición en despeñar al PSOE por una infinita ladera de serrín y estiércol -que diría Josep Borrell- por el que rueda a diario su gobierno; un Sánchez a quien su sola presencia en la España constitucional ya da vértigo por su alianza rufianesca con los camisas negras que nos quieren hacer comulgar con ruedas de Eslovenia el sapo insolidario de la república catalana. Ya presienten, estos presidentes socialistas, que ningún independentista irá a verles cuando hayan muerto. Mucho menos Sánchez, que habrá pasado esa misma noche a formar parte de la memoria histórica.

ADOLFO JMF