“Más que las ideas, a los hombres les separan los intereses” (Tocqueville)
Fue suficiente. Esa escena televisada de la ministra de Trabajo negociando con urgencia y de pasillo nuevas concesiones económicas (transferencias, les llaman ellos), a cambio de sacar adelante los viernes electorales de Pedro Sánchez. Fue suficiente y lamentable. Ese Partido Nacionalista Vasco solazándose ante la necesidad imperiosa de un Gobierno socialista necesitado de sufragarse la campaña electoral con el dinero de todos los españoles, ese dinero público que, ya saben, no es de nadie, según la vicepresidenta Carmen Calvo.
Esa imagen de un Partido Nacionalista sacando los higadillos económicos al Gobierno de España, o sea, a todos, por un quítame allá un decreto ventajista y electoral, produjo esa desazón de sabernos en manos de unos supremacistas insaciable que cuanto más tienen, más quieren. A nadie puede extrañar que el País Vasco lo sea en toda la extensión de la palabra, un país con un nivel de renta per cápita superior a la media española, con infraestructuras modernas, y una tasa de riqueza y de empleo envidiable. Sin el lastre ya, de las mordidas terroristas, las provincias vascongadas siguen acaparando para sí toda la inversión que debería repartirse solidariamente entre el resto de Comunidades Autónomas. Se llama vertebración y se llama Fondo de Compensación Interterritorial. ¿Les suena? Está en la Constitución.
Pero este retorcimiento de los Presupuestos Generales del Estado por parte del PSOE de Sánchez se queda en miniatura, comparado con el borrador que nos tenía servidos para este año 2019, y que finalmente se ha quedado en cuarentena, a la espera de reeditar la mayoría de la moción de censura; y que se perpetre tamaño atropello a las dos Castillas, a cuenta del separatismo catalán, depende de nosotros. Mal nos irá a los albaceteños si, de nuevo, el próximo presidente del Gobierno de España depende de Gabriel Rufián y los hermanos peneuvistas quienes, con esa cara de no haber roto nunca ni un plato, retuercen sin rubor el brazo a Sánchez para dar validez a estos golpes electoralistas. Y éstos eran de los que acusaban a Rajoy de gobernar a golpe de decretazos o de plasma.
Que Sánchez es la resurrección de Zapatero hecha carne ya no lo discute nadie. Primero se disfrazan los síntomas de ralentización de crecimiento de la economía y del empleo; después se niega la crisis, pese a zarpazos como el de Lehman Brothers; luego, se pone a todo trapo la maquinaria del aumento del gasto público y la subida de los impuestos; para, finalmente, con 3,5 millones de parados nuevos, y los hombres de negro echando mano del desfribilador, se convocan elecciones… y que recorten otros.
Esto de poner pies en polvorosa y luego ir por el mundo de fino estadista, como si la cosa no fuera con él, ya nos lo conocemos. Esta película del año 2010 está muy reciente y cualquier millennial la podría recordar, incuso si formó parte de las campas de indignados y ahora se dispone a votar la opción radicalmente opuesta. ¿De verdad nos hemos quedado con ganas de más?