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Vuelve

“Dicen que la historia se repite, pero lo cierto es que sus lecciones no se aprovechan” (Camile Sée)

ADOLFO JMF

Como Moisés, al separar las aguas del Mar Rojo, el líder de la Iglesia Adventista del Vigesimotercer Día de Marzo, ha anunciado su regreso a los ruedos. Quizás pronto acoja, como Jesulín, un tendido repleto de mujeres, y marcará territorio sobre la arena, excretando glándulas de líder carismático en franca progresión patrimonial, no hay más que verle. Restablecido de su excedencia patriarcal, ya puede sincronizar una puerta giratoria airosa para su reemplazo endogámico, probablemente al muy feminista IE África Center, junto a la primera dama socialista, y lo más alejada posible de la ministra de Justicia del PSOE que, como se sabe, prefiere trabajar con hombres, pobres, a los que “ve venir”.

“Ve venir” a los hombres, se entiende, por su carácter rudimentario y elemental, tan poco evolucionado desde el neandertal de Atapuerca, algo que no deben tener las mujeres, cuya doblez les debe hacer temibles para el mundo laboral en la que la ministra de Justicia se manejaba hasta hace sólo unos meses, en la Audiencia Nacional. El hecho de que esta lideresa del feminismo violáceo siga siendo miembro del Consejo de Ministros y Ministras -en su favor juega que es de las pocas y pocos que no tiene una sociedad instrumental para regatear al fisco- le hace un flaco favor a la lucha por equilibrar ese porcentaje de mujeres -hasta un treinta por ciento-, que tiene más difícil conseguir una entrevista de trabajo que un hombre. Es más, sólo una mujer del PSOE puede llamar como llamó a su compañero de manifestación, Grande Marlaska, sin perder su condición de cargo público. Eso sí que es un avance social.

Lo demás, debe importar poco. Estamos en la espuma y en la propaganda, en la dormidera del viernes social y en la hojarasca electoral; mientras tanto, al otro lado de la calle, el Tribunal Supremo ventila si lo que pretende reeditar Pedro Sánchez y sus confluencias supremacistas es el final del Régimen Constitucional del 78, tal y como lo hemos conocido en los últimos cuarenta años, o se cortan en seco los asaltos a las instituciones del Estado. La vertebración de España, la cohesión territorial, la vigencia de las Comunidades Autónomas, y la necesaria convergencia entre regiones, entre el Medio rural y el urbano, está en el aire hasta que no dicten sentencia los jueces por un lado y las urnas, antes, por el otro. El 28-A nos jugamos la sostenibilidad del sistema público de pensiones, la recuperación de la economía y del empleo, la supervivencia de la red de protección social, las coberturas por desempleo, la Sanidad pública, la Educación, la Dependencia. Nos la estamos jugando todo a una carta, sobre la condición sine qua non de la unidad de España, en vísperas de las elecciones más estratégicas de la democracia desde el 77, pero falta por saber si somos conscientes de ello.

Si alguien le diera el valor político que tiene al récord de afiliaciones de mujeres a la Seguridad Social, hasta 8.773.053, en la legislatura de Rajoy, y rozando ya los 19 millones de personas cotizando en junio de 2008, nadie, salvo los separatistas y Pedro Sánchez, se hubiera planteado una moción de censura en ese momento. Si alguien hubiera valorado el Pacto de Estado sobre la Violencia de Género, o las medidas puestas en marcha para reducir la brecha salarial tras el histórico acuerdo con los agentes sociales, sindicatos y empresarios, mucho menos; salvo, claro, los separatistas y Pedro Sánchez.

Así pues, estamos en lo que estamos. En si España vuelve o se disuelve. La respuesta la tenemos nosotros primero; y después, los jueces del Tribunal Supremo. De seguir así, al terminar la fiesta alguien tendrá que apagar las luces y pedir la cuenta. Nos tocará, otra vez, pagar a escote. Pasó en 2010 (“Zapatero congela pensiones, baja sueldos de funcionarios y no descarta más subidas de impuestos”) y puede pasar de nuevo. Eso sí, muy social, todo.