Siempre que escucho al líder de Podemos Pablo Iglesias hablar de la casta, me pregunto en quien o quienes piensa cuando utiliza de forma tan genérica el término, que en mi modesta opinión utiliza tan alegremente como hacía Aznar con su “España va bien”.
A Susana Díaz le aclaró que “La casta no la define el origen de los abuelos, sino el comportamiento de los político”. Si la cosa hubiese quedado ahí, yo también firmaría la definición y la afirmación, porque la inclusión de una determinada persona en el selecto grupo al que se refiere Pablo cuando habla de casta, vendría dada por su trayectoria, por sus hechos y por sus acciones y no por el mero hecho de haberse presentado a unas elecciones bajo las siglas de algún partido político diferente, claro está, al que él dirige Pablo, en calidad de secretario general, o simplemente por militar de forma más o menos activa en cualquiera de los partidos políticos que conocemos, a excepción de Podemos.
Pero continuó y afirmó que los integrantes de la casta “son mayordomos de los ricos y no carteros de los ciudadanos”, y claro, cuando se generaliza, aunque se haga de forma tan poética, se pierde la perspectiva y, probablemente, también la razón, porque meter a todos los políticos del mundo mundial en el mismo saco y tildarlos, sin excepción, de ser mayordomos de los ricos es tan absurdo, tan injusto y tan alejado de la realidad como decir que todos los dirigentes de Podemos son los apóstoles ibéricos del Mesías Chávez, confabulados para desestabilizar las instituciones del Estado y, para más inri, los únicos carteros que tienen los ciudadanos, capaces de devolverles la ilusión y la esperanza en plan Kevin Costner, en ‘Mensajero del futuro’.
Es evidente que la aparición de Podemos ha sacudido el panorama político español y eso nunca viene mal, pues zarandear el árbol con fuerza para que caiga la fruta podrida y solo quede la sana es estupendo y saludable.
También es evidente que sus dirigentes han sabido, como nadie, atraer hacia sus intereses electorales el descontento de la ciudadanía, harta de promesas y huérfana de soluciones y que al igual que hace cuatro años se echó en brazos del Partido Popular prácticamente en toda España, ahora las encuestas nos dicen que le está poniendo algo más que ojitos a Podemos.
Pero volvamos al tema de la casta. Según Iglesias, los políticos, fundamentalmente los del bipartidismo, somos mayordomos de los ricos y ellos, fundamentalmente los de Podemos, son los carteros de los ciudadanos. Quien desprestigia a los demás no obtienen más prestigio por el mero hecho de decirlo, hay que demostrar que los unos son lo que digo que son, y que yo soy lo que digo ser y eso es lo difícil, solo con decirlo no vale.
Que hay políticos que se han vendido a otros intereses distintos de los de los ciudadanos, está más que demostrado, y la trama Gürtell y la de los Eres es la prueba del nueve de su existencia.
Que hay políticos que han actuado, actúan y actuarán en beneficio de intereses de alguna corporación empresarial, aunque eso perjudique a los ciudadanos y ciudadanas que los votaron, por desgracia ha sido, es y será una lacra que forma parte de la vida misma, porque forma parte de la condición humana. Y contra estas dos abominables formas de actuar, hay que ser absolutamente beligerantes y no permitir que quien o quienes lo hagan sigan formando parte de la casta a la que pertenezcan y pasen a formar parte de los dalitss de los que habla el hinduismo, los intocables.
Ampararse en la actuación de unos desaprensivos para desprestigiar a todos, además de ser injusto, no tiene lógica alguna. ¿Cuántos alcaldes y concejales hay en España que tienen su despacho en la cocina de su casa y cuántos diputados y senadores hacen honradamente su trabajo, preparando iniciativas parlamentarias que intentan hacer más fácil la vida de los españoles y españolas? Pues a estos y a estas políticas el amigo Pablo los considera mayordomos de los ricos, cuando debería darse con un canto en los dientes si alguna vez llega a formar parte de esta casta de políticos que no hacen otra cosa desde que se levantan hasta que se acuestan que trabajar, trabajar y trabajar por y para sus vecinos y vecinas, ya no en condiciones precarias, sino penosas en algunas ocasiones.
De los carteros de los ciudadanos hasta ahora poco hay que decir, salvo que la carta que nos traen cada vez dice una cosa diferente de la anterior y que en la mayoría de las ocasiones solo dice lo que el destinatario quiere leer, o que el uniforme del cartero varía según pasan los meses, porque si bien Pablo se define de izquierdas, también dice que el debate izquierda-derecha es un debate de trileros, en alusión directa al PP y al PSOE, o que el debate ha de ser entre democracia y dictadura, un debate en el que al parecer los carteros serían los demócratas y los mayordomos los dictadores, según su particular versión de la realidad política nacional.
Quienes así hablan, quienes etiquetan a las personas entre mayordomos y carteros, por no hablar de dictadores y demócratas, pero que abominan de los estereotipos, quienes solo aceptan comerse la tarta completa, quienes dicen huir de fórmulas tradicionales para construir su partido y sin embargo han seguido a pies juntillas el manual, por mucho que a su ejecutiva le llamen consejo ciudadano y a sus sedes casas ciudadanas, quienes no dudan en tocar con su dedo mesiánico a sus representantes territoriales, pero critican con fiereza extrema el funcionamiento interno de otros partidos, quienes se acuestan revolucionarios y se despiertan socialdemócratas, quienes han pasado de la utopía al posibilismo en sus planteamientos electorales, ahora se permiten la licencia, espero que poética, de llamar trileros a los demás. Está claro que es mal fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio.
Las elecciones están a la vuelta de la esquina, la ciudadanía elegirá quien quiere que gobierne su Ayuntamiento, su Comunidad Autónoma y en el Estado, y entonces y solo entonces saldremos de dudas. Solo entonces sabremos quien ha merecido ser receptor de la confianza ciudadana y los juegos de palabras habrán quedado en segundo plano. Menos mal, porque tanta dialéctica y tan poca “practética”, como dice mi amigo Rafa, llega a cansar, además de no servir para nada, como tampoco sirve para nada disponer de un penalti en Santander y tirarlo a los brazos del portero.